LA BICICLETA (radiografía de un exilio interno)
Pieza teatral surgida desde las entrañas mismas de la siniestra mente del oscuro escribidor bigandense Gerardo Acosta, alias "el Hormiga".
Tuesday, March 14, 2006
ACTO I
INTRODUCCION:
La escena transcurre en Bs.As., en una casa pobrísima. En la cocina se halla la madre.
Carlitos ingresa raudamente para preguntarle con cierta preocupación:
HIJO - Que le pasa al viejo?
MAGDALENA - Que querés que le pase (preocupada). Hace tiempo, desde que lo echaron del trabajo que anda como perro embichado. Va de un lado a otro, y cada cumpleaños se planta en el patio y mira para arriba como buscando no se que cosa...
HIJO - Alguna estrella...
MAGDALENA Ojalá. Pero yo se lo que busca. Hace como treinta años que quiere volver a su pueblo, a nuestro pueblo. Pero no le da el cuero.
HIJO - La plata?
MAGDALENA - No exactamente. O si. Son varias cosas. El siempre quiso volver como triunfador, y mirá como estamos...
HIJO - Si, claro (mira alrededor)
MAGDALENA - Pero para este cumpleaños le tengo preparada una sorpresa de puta madre...
HIJO - Y... no se puede saber?
MAGDALENA - Si, si, pero no me deschavés.
HIJO - Vos me conocés, vieja.
MAGDALENA - La cosa es así: buscando y rebuscando direcciones y teléfonos lo encontré al Gordo, aquel amigo de papa que se vino con el de Bigand, digo. Sabes donde queda Bigand, no?
HIJO - (bufando) Como no voy a saber si me lo ha contado mil veces el viejo. Me hablo del campo, de los trigales, de sus amigos, de la gente buena que no discrimina... Si hasta fuimos una vez, te acordás, a pasear a lo de una amiga tuya? Cuando papa compro el fitito rojo aquel, hace como veinte años...
Fuimos con la Esther, que todavía gateaba, la pobre. Si estaba contento el viejo (dice emocionado). Le brotaba la alegría por los poros, le brotaba...
MAGDALENA - Claro que me acuerdo. Fue la ultima vez que vimos a tu abuela, hijo.
HIJO - Una vieja divina que se la pasaba diciendo refranes y esas cosas que siempre dice la gente del interior.
MAGDALENA - Aja... Bueno, resulta que ... (grita contenta) No sabés la plata que tiene el gordo ese...
HIJO - Era medio escritor, no es cierto?
MAGDALENA - Si, pero después estudio periodismo, o locución, creo... y tanta fortuna amasó que hasta se hizo dueño de una radio...
HIJO - Todo un capo, el gordo. Pero nunca se acordó del viejo, eh?
MAGDALENA - Que se yo, nene... La gente cambia tanto con un peso en el bolsillo...
HIJO - Pero, entonces?
MAGDALENA - Y ... yo solamente le conté que el Mingo no esta nada bien, y que cada vez me asusta mas su estado de animo y el lo entendió. Si hasta me ofreció traerle cosas que escribió alguna vez. Hace ya mucho tiempo.
HIJO - Cuando era croto, como nosotros.
MAGDALENA - Bueno, che , si a papá le hace bien, bienvenido sea.
HIJO - Si... si... claro.(no muy convencido)
MAGDALENA - En fin... Ahora voy a poner la mesa que ya debe estar por llegar el susodicho.
HIJO - Y que vamos a comer?
MAGDALENA - La Zurda me preparo algunas empanadas y yo amase un par de pizzas. Que se yo. El también pasó hambre, después de todo. Así que...
GOLPES A LA PUERTA
HIJO - Adelante (saludos efusivos)
MAGDALENA - Gordo, te presento a mi hijo Carlitos.
GORDO - Es el único?
MAGDALENA - No, tengo dos... Un nene y una nena (avergonzada). Bueno... para las madres son siempre bebés, no?. La Esther esta casada y vive en Burzaco.
GORDO - Y vos, pibe?
MAGDALENA - (anticipándose) El vive con nosotros. Es ciclista, gordo. Mirá las copas que gano (señala con orgullo una repisa con algunos trofeos)
GORDO - Pero mirá vos, tu viejo deberá estar orgulloso...
MAGDALENA - (interrumpiendo) Escondete ahi, Gordo ,que el Mingo debe estar por llegar.
(llega Mingo y se produce un reencuentro extremadamente emotivo)
MINGO - Que pequeño el mundo, gordo!!! Mirá que venir a encontrarte de nuevo. Hace tantos años que nos fuimos del pueblo, y de pronto... (pausa emocionada) volver a verte a vos, Gordo querido... después de que anduve pateando demasiada baldosa floja. Lejos de los amigos, lejos del viejo y de la vieja, pero siempre queriendo volver, siempre pensando en la vuelta... (con voz entrecortada) pero con la vergüenza de los perdedores encima...
GORDO - Sabés una cosa, Mingo? Sabés que no recuerdo muy bien la noche en que nos vinimos del pueblo?
MINGO - Es que veces la memoria nos juega sucio, gordo. Yo solo conservo una vaga idea de zapatillas rotas y de valija flaca, con mas ilusiones que ropa. De sorber lentamente como única despedida el ruidoso concierto de los perros del corralón y el “...chaaau Miiiiingo...” nacido en la puerta del bar San Martin, y que se prolongó hasta la esquina de la plaza arrastrando la cadencia triste de aquella vieja canción que cantábamos en los asados... (entonan juntos intentando recordar la música:)
Decidí volar,
apretar el sol
con mis propias manos
para derrotar
ese gran temor
de saberme infiel
Saborear la miel
del triunfo vital
sobre mis memorias
y silbando bajo
ponerle un cepo
a mi corazón.
Decidí volar
tan solo por ver
ese mundo eterno
desde un horizonte
sin trigo ajeno
y silencio en flor
con alas de luz
perforando el aire
de los misterios.
agachando el lomo,
cambiando arado
por bandoneón.
GORDO - A mi me pasó lo mismo, pero yo salí del Santa Rosa... (grita con aire nostálgico) Cómo no acordarme de aquel viejo bar...
MINGO - Tantos personajes que a su manera amasaron las costumbres y dieron forma a los dichos y refranes mas conocidos del pueblo... Me aparece ahora la imagen del tren de la partida, el que nos trajo a la ciudad a probar suerte.
GORDO - Seguramente el mismo que me ayudó a comprobar de una vez por todas que intentar el vuelo podía ser mas bravo de lo que yo mismo creía.
MINGO - El salto al vacío, gordo.
GORDO - Y la caída negra, silenciosa, clandestina. Pero allá estaba yo con las alas desplegadas, para aprovechar el primer golpe de viento sur del día en que decidí volar, como solo vuelan los pichones guachos bajo un vendaval que agota, que presiona, que gasta.
MINGO - O sea cuando elegimos apretar el sol de las angustias con nuestras propias manos, probando derrotar ese eterno resquemor de sabernos infieles a nuestro propio pueblo, a nuestra gente ,a nuestros colores rojo, o amarillo. Te acordas...?
GORDO - Y cómo no me voy a acordar, loco, de mi viejo, comiendo apurado y antes de las doce, para llegar temprano a aquellas dos, tres y hasta cuatro vueltas de gente alrededor de la cancha para ver el fútbol de la liga, los clásicos...
MINGO - Que épocas aquellas. Presiento que todavía en el pueblo debe hablarse del Musa, de Pocito o del mismísimo negro Lugones.
GORDO - "El negro Quito"...(evoca) Si hasta yo mismo lo vi patear un penal de rabona (hace el gesto).Pero claro, yo era del otro bando, donde se lucia el petiso Larrañaga y ese genio de la redonda que era la "Juanita" Franco.
MINGO - Y el Bicho Gauna? Qué pedazo de wing!!. Hubiera hecho pasar un papelón a muchos de Boca o de River.
GORDO - Cómo olvidarse, che, del Independiente campeón de la Copa de Oro. Me acuerdo que yo era casi un pibe, y aunque mi corazón es todavía amarillo ,estuve firme al pie del cañon para no perderme la llegada del rojo, y las bocinas, y la gente llorando... Eso no se paga con nada.
MINGO - Y claro, Union de Santa Fe era un cuadro de primera y el nuestro se dio el gustazo de pintarle la cara.(ahora recita de memoria la formacion del equipo)
GORDO - Que lo parió...!!!!
MINGO - Cuántos recuerdos trae el fútbol... Te acordas aquellos tiempos en que la cancha de Sporting tenia un velódromo?
GORDO - Y aquellos campeones del '56, que jugaron como cuatro finales con Santa Teresa.
MINGO - Hasta que llego el Gol de Oro. Ahora se llama así. Que despelote hicieron ustedes los amarillos...
GORDO - Y que te parece. Fue el primer campeonato. Acá tengo una foto, mirá... (la saca del attache y lee los nombres de los jugadores)
MINGO - Mientras por esa época en el rojo brillaba nada menos que el Pocho Palacios.
GORDO - Pensar que cambiamos todo eso por las luces del centro... Que pecado, che.
MINGO - Vos lo dijiste, gordo, cambiamos todo eso cuando intentamos saborear la miel de un triunfo sobre nuestras memorias y, silbando bajo le pusimos un cepo a nuestros pobres corazones de artista. Vos lo lograste Gordo, mirá que pilchas, miráte las uñas, vos te propusiste hacerle un gol a Buenos Aires y nunca encontraste a Sambucano para que te cobre “orsai”, Gordo. Yo, en cambio, que siempre fui un poco sonador, me distraje y lo único que cuento ahora son algunos cartones ajados de cajas de aceite ,de galletitas... A propósito, el otro día encontré una de Mauri (se va y vuelve con el trofeo), cuando me dijeron que era de Bigand la guarde. Dije entre mi "tendrá algo que ver con el flaco de la panadería de la esquina?". Y me agarro la depre, che. Y el corazón me empezó a retumbar, a retumbar... Como los redoblantes de la Panambí, te acordas...
GORDO - O la Mainumbi, con no sé cuantos integrantes. Es que la nostalgia golpea y golpea el parche cada vez mas fuerte (altamente emocionado), lejos de nuestro Bigand querido. (otra vez intentan a dúo entonar su canción)
Decidí volar,
apretar el sol
con mis propias manos
para derrotar
ese gran temor
de saberme infiel
Saborear la miel
del triunfo vital
sobre mis memorias
y silbando bajo
ponerle un cepo
a mi corazón.
Decidí volar
tan solo por ver
ese mundo eterno
desde un horizonte
sin trigo ajeno
y silencio en flor
con alas de luz
perforando el aire
de los misterios.
agachando el lomo,
cambiando arado
por bandoneón.
MINGO - Pero allá estabamos nosotros, dos mocosos sin otra cosa que la rebeldía, gordo, con las alas desplegadas Y dice ella (señala a su esposa que esta cocinando), que nos fuimos nomás, con los recuerdos del naufragio a flor de piel. Como resucitando aquel extraño pensamiento de la mas tierna infancia, cuando alguien había dicho por ahí, en voz alta, que teníamos que dejar el nido.
GORDO - Que macanón nos mandamos, Mingo, que macanón...
MINGO - A vos te fue bien, no te podes quejar, pero miráme a mi. Quien podía pensar en eso por aquellos tiempos, gordo, cuando todo nuestro sueño era rajarse a la ciudad para intentar ser alguien.
GORDO - Los pobres viejos, con la mirada solamente parecían comprendernos. No les gustaba la idea, pero se callaban, se tragaban la bronca...
MINGO - Y a cada tanto les brillaban los ojitos de solo imaginar el vuelo.
MAGDALENA - Solo tu abuela, recostando su figura tierna, sufrida, contra el sillón de hamaca a dos cuartas de la cocina a leña, pretendía hacerte entender sus antiguas vivencias de viejita soñadora. Si me parece oírla...
"Pensa en tu Dios, Mingo querido -te decía-
pensa en el al persuadirte
de que estas vivo,
cuando tu simple identidad
te permita crecer derecho,
mirar a los ojos de tus iguales,
cuando veas
que la inocencia vuelve a florecer
y reinar
sobre esta clara infancia
sin cerrojos
cortejando el ocaso
o el amanecer
de tus sentimientos mas humanos,
no enturbies nunca
el rumbo de tu vida,
que cada duda
tenga su razón de existir,
ya que es de tontos ignorar
que no siempre hierve el agua
con el fuego ni todo el mar
puede apagar el sol"
FIN DEL PRIMER ACTO
ACTO II
MINGO - Y allá iba este pibe, gordo, con su fantasía a cuestas; preguntando cosas que incomodaban y pretendiendo encontrar un significado a aquellas simples palabras de la abuela...
GORDO - "Es el momento de dejar el nido", repetías para tus adentros y yirabas por la vida cuestionando, siempre cuestionando...
MINGO - Así anduve por la plaza San Martín, por los viejos bancos torturados de la 215, peleando con Domingo Di Rino por el dichoso Boca y caminando despacio por entre aquellos santos de la iglesia, y hasta me parece ver al padre Fernández enseñándome el catecismo. Adecentándome un poco...
GORDO - (interrumpiendo) Porque vos desde chico eras bastante rebelde, a Dios Gracias...Te acordas cuando jugábamos en el campito?
MINGO - Me acuerdo que éramos siete u ocho de cada lado y nos importaba un pito lo que pasaba detrás del arco, allá nomás, cruzando la calle; como quien mira al centro del pueblo, donde había un maizal chiquito, como de una hectárea mas o menos.
GORDO - El maizal del vasco Nieto. MINGO - Don Tomas, que tenia un caballo. Margarito creo que se llamaba.
HIJO - (interrumpiendo) Se divertían barato, viejo, eh.
MINGO - Pero nos divertíamos, che, y no jodíamos a nadie, che.
GORDO - Bueno, Mingo, para, que mas de una vez llegamos con algún manojo de choclos bajo el brazo. Algún que otro camote...
MINGO - Travesuras de chico, que le dicen...
(hijo) - Si, claro... Eran todos santitos.
GORDO - Que vamos a ser santitos, nene, si había cada uno... Te acordas del Toton, del Chavo, de Turi, de Largo, del Pili y tantos otros...
MINGO - Con esa barra, y en ese campito descubrimos lo que eran los cuentos verdes...
GORDO - Que algunos ahora saldrían en la tapa de catecismo.
HIJO - Por supuesto (irónicamente) Y después iban a la escuela religiosamente. Nada de hacerse la rata. No?.
GORDO - Callate, pibe, que sabes vos de hacerse la rabona, nadie se piantaba del aula. Pero que podes saber de los retos de la señora de Piazza, que... MINGO - (interrumpiendo) Que directora... que rectitud... Ojalá ahora tuvieran la disciplina de antes...
GORDO - Y los barriletes, Mingo? Contále a este de los barriletes en el campito.
MINGO - Los primeros vientos fuertes de agosto hacían que el cielo de la canchita se llene de barriletes de todos los colores habidos y por haber, de Boca, de River, de Independiente...
GORDO - De Sporting...
MINGO - Dije del otro rojo, del de Avellaneda, gilún, no ves que con vos no se puede (risas).
GORDO - Bueno, está bien.
MINGO - Esos barriletes, una vez me costaron hasta un reto del Chiche Ballesteros, cuando era comisario, que para un pibe de siete u ocho años significaba poco menos que la cárcel. Y claro, se enredaban en los cables, que joder. Dejar todo eso para que, gordo, para nada.
GORDO - Como que nada ,Mingo querido, tenés un par de pibes buenos, tenés a la Magdalena ,que todavía te aguanta, sos joven...
MINGO - Y de que me sirve, gordo, si lo único que logre hasta ahora fue pasear lentamente mi bronca como aquellas broncas infantiles que surgían en las siestas por debajo de los plátanos de Brown y Rivadavia... y hasta creo que fue ahí en donde comencé a irme, lentamente, con un alma que luchaba ante lo inevitable: el tener que abandonar su propio cuerpo.
GORDO - Después descubriríamos que el alma se quedaba allí, entre las mandarinas del patio de la casa vieja, entre el aroma de camotes asados de la tardecita, entre las matinees del cine, con Segon vigilando que no se colara ningún atorrante...
MAGDALENA - A propósito del cine... Vos Gordo, en un tiempo escribiste algo sobre el San Martin, no?
MINGO - Si, dale, rebuscá entre los papeles viejos esos que trajiste...
GORDO - Es que me da vergüenza recitarlo en publico. Yo se escribir, Mingo, pero leer, la verdad que...
MINGO - Dame para acá. Y vos (al hijo) escucha lo bien que escribe el gordo.
GORDO - Escribía, Mingo, escribía.
MINGO - Sabés una cosa?. Hace ya un tiempo medio grosso que paso por delante tuyo y de repente me sale un gesto instintivo que es casi una convulsión. Gira mi cabeza hacia la vereda de enfrente y evado la respuesta cuando alguno de mis chicos me pregunta sobre vos, sobre tus días de gloria y del por que todavía te mantenés erguido, grandote, ampuloso, como ofreciendo tu porte antediluviano a quien restaure las heridas que todos te causamos. Los años, la gente, nosotros, los que cada jueves, sábado o domingo por la tarde nos arrimábamos a vos con cierto dejo de romanticismo para permitirte oficiar ese rol que tan bien interpretabas y que cuando las luces dejaban de ser brillantes te transformabas en una especie de médium entre la platea y el espíritu de Bogart, por ejemplo. Y así en tus fauces abiertas se ganaron guerras, se perdieron duelos entre las calles polvorientas de un oeste solamente conocido gracias a tu particular modo de mostrar las cosas.
Quien puede negar que a tu manera ejerciste el tipo de docencia que el pueblo necesitaba. Vos, mi querido cine San Martin, que bien pudiste llamarte Palace, Rex ,Monumental, Plaza, Lumiere, Roxi, que importan los apodos. Fue entre tus butacas marrones donde aprendí de chico a asociar la selva inexpugnable del tarzán de los monos con aquellos verdes cañaverales que subían altos y desparejos por los cielos al costado de la calle de Rivero, como le llamábamos Y sufrí también con el Santo de la Espada, viendo como su costado humano superaba al bronce refulgente que nos lego la escuela, y con la barra de atorrante piberío del pueblo conocimos las delicias de una matinee dominguera con olorcito a trampa, cuando llegaba la mano implacable del censor de turno metiendo la tijera en el momento justo. Y así giraron como en calesita la gorda exagerada de Fellini, la jeta de Travolta, el revolver de Ringo y hasta el padre de Michel Douglas meneaba su figura longilinea en el blanco trapo de tu pantalla enorme donde también supo bañar sus curvas la Coca Sarli, mientras un chacal medio chiflado casi lo mato a De Gaulle ante los exorbitados ojos de Sandrini. Y volaban como moscas aquellos bollitos de papel ruidoso que envolvían por un rato la dura pila de caramelos media hora que dormían en el bolsillo del saco, y alguna cachetada atronaba el ambiente mientras un repentino encendido del uces nos dejaba en orsay con la mano derecha a mitad de camino entre butaca y novia. Se pueden escribir volúmenes sobre vos, cine del pueblo. Puedo quedarme corto a la hora de volcar lagrimones y lamentos sobre el blanco papel que convoca al recuerdo. Pero no. Quiero que sigan desfilando en mi retina las últimas imágenes que tu pantalla inmaculada dejo grabadas en mis adentros. El progreso se va llevando todo ,es cierto, pero no es menos cierto que tampoco tiene la capacidad necesaria para robarnos la nostalgia. Si estaré jodido que ya ni me acuerdo como empezó todo esto, viejo. Ah si, te contaba que esta tarde pase frente a vos, que a Dios gracias te venís salvando de la piqueta. Que pasé a la tardecita con mis hijos y que como buen bohemio me decidí a entrar, sentarme en tus viejas butacas de madera dura y treparme por aquellos treinta y dos escalones de pinotea hasta alcanzar el rinconcito del palco donde Chupete, otro de los infaltables personajes que rodaron con vos, viejo cine de mi pueblo chico, apoyaba su linterna apuntando hacia abajo. Desistí de hacerlo al percibir que me estaba poniendo demasiado viejo, demasiado lacrimógeno.
HIJO/MAGDALENA - (APLAUSOS)
HIJO - Y cómo sigue la historia, papá?
MINGO – Y... dicen que me fui nomás. Sin vislumbrar siquiera que tanta agua corrida entre los mares del fracaso me haría recalar en esta villa, mientras las moscas zumban en mis oídos alimentando la bronca. Bronca por la lejanía, por la desazón, bronca por el desaliento de querer volver y no animarme...
MAGDALENA - (enérgicamente) Tranquilizáte, Mingo, es tu cumpleaños, después de todo no?
HIJO - (para calmarlo al padre) Y tiene algo más escrito, don...?
GORDO - Gordo, llamáme Gordo, pibe, hace tanto que nadie me llama así... (rebusca entre los papeles del attache y le pasa uno a su amigo)
MINGO - Yo también escribía, che, escuchá:
(emocionado, lee con voz entrecortada) " El dia en que lo trajeron a casa..., Quería un perro, lo necesitaba... Mi viejo lo dejo silenciosamente en la puerta... el bar "el Tio"... el Pelusa... mi perrito...
MAGDALENA - Pará, Mingo, pará que te hace mal!!!!
GORDO - Dejálo, dejálo... Estoy volviendo a vivir, Mingo, creéme. Mi casa, el campito, mi único perro...
MINGO - Ahora te toca a vos, vieja, como en la secundaria, pasá al frente y hace de cuenta que tenés allí nomás al ingeniero...
MAGDALENA - (pensativa) Ah... Si le hubiésemos hecho caso al ingeniero no estaríamos acá, dando lástima.
GORDO - La secundaria... creo que por ahí debe haber un poema acerca de ella...
MINGO - Mira vos. También eras poeta, Gordo.
HIJO - Antes de aburguesarse (de buena onda)
MAGDALENA - (enojada,dirigiendose al hijo) Andáte, mal educado!!.
GORDO - No, dejálo. A lo mejor el chico tiene razón. Dale leéte algo, Magdalena.
HIJO - Está bien, me voy nada mas que porque tengo una pedaleada (lento retiro)
MAGDALENA - ... esa secundaria de contagiosa risa y estudio recortado que capturó de pronto un rabo de inocencia y diplomó de piola nuestro ingreso al tercero de los adolescentes...
MINGO - Y vos? cuando pensás volver al pueblo, gordo? Porque vos sí (con énfasis el si) podés entrar como un triunfador, con la frente alta. Sos un ganador, andá vos, que podés. A esta altura debés ser el orgullo de la gente del pueblo. Andá y después contáme como esta todo aquello que dejamos.
GORDO - (terminante) No, Mingo. Yo ya no estoy para esas cosas. Faltan mis viejos, ya nada me ata al pueblo. Mi vida pasa ahora por los negocios, la familia, la empresa, por mi esposa, que ni siquiera sabe ni le interesa donde miércoles queda Bigand, además los chicos se aburrirían... entendéme, Mingo...
MINGO - Que es lo que querés que entienda? Que te importa un pito eso del desarraigo?. Que te pasas por el forro aquello que prometimos cuando nos tiramos del tren, eso de volver con los bolsillos llenos?. Eso querés?. Querés que te felicite ahora?
GORDO - No quiero ser jodido. Pero quiero que me entiendas. Ninguno de los dos somos los mismos. Vos tendrás tus cosas y yo las mías. Además en el ámbito de las empresas donde me muevo sería todo un desastre decirles a esos tipos que un gringo del campo les pasa por encima... Que querés que te diga. Los recuerdos son lindos, pero a la hora de los bifes...
MINGO - Para mi sería un orgullo refregarle por la jeta a esos cagatintas que vos decís, que nací en Bigand, si, que soy del campo, que aunque algunos imbéciles mataron el ferrocarril me permití jugar a la escondida en los vagones estacionados, y trote entre los eucaliptus a la hora de la siesta, y les tire miles de gomerazos a las palomas de la usina vieja. Andá y hablales del puente de la vía, contáles de cuando juntabas piedras de mica para adornar las macetas de tu vieja; que fregaba y fregaba todo el santo día ropas ajenas para matarte el hambre.
GORDO - No te pongas así, Mingo.
MINGO - Y como querés que me ponga si ni siquiera les hablaste de Giusseppe, miralo, allí esta, es como si lo estuviera viendo...
MINGO - Y esa vez fue Giusseppe, y otra vez Musinga y Cutique, y el Negro Pérez y... hasta Bandeja...
MAGDALENA - Los atorrantes del pueblo...
MINGO - Todos, hasta ellos, sin saberlo tuvieron algo para enseñarnos. Andá, contáselo a tu gente, si es que tenés ganas, claro.
MAGDALENA - Disculpá que me meta, Mingo, pero aflójenle, esto iba a ser una fiesta. TU fiesta. Vamos muchachos, acuérdense de esto:(leyendo) de las fiestas patrias en el pueblo, por ejemplo, cuando La escarcha todavía se mantenida a pesar del sol del veinticinco, que iba desperezándose entre las ramas, cuando las descubiertas rodillas de las chicas de quinto se destacaban moradas bajo el guardapolvo almidonado.
MINGO - Nosotros, los varones a veces estrenábamos zapatos, pero en la mayoría de las veces solamente nos daba el cuero para pasarle un poco de betún.
MAGDALENA - (leyendo) Lo cierto es que el brillo que no se lograba durante el resto del año se veía en aquella plaza San Martín poblada tan solo por un rato, donde Edelmiro, el locutor, anunciaba el Himno y este aparecía chillón por ese par de bocinas eternas.
GORDO - (demostrando que él tampoco olvida la simpleza del pueblo) Esas mismas bocinas que también estaban en La Capilla, en las fiestas de San Antonio, a lo largo de tantos años, donde la procesión en honor al santo daba paso a los festejos con juegos para niños, los fuegos artificiales y la tómbola. La gente del pueblo iba en auto, camión o chatas.
MINGO - Algunos hacían larga cantidad de kilómetros tiritando de frío en el asiento de un sulky; mientras que otros, llegaban a la fiesta en bicicleta; como mi abuelo. (PAUSA Y ENOJO) No te entiendo, Gordo, juro que no te entiendo!
Primero lo escribís, decís que volvés a vivir, te emocionás, nos emocionás hasta las lagrimas y después te avergonzás de todo eso...
GORDO - No quiero que me entiendas, pero tampoco que me odies, tengo mis motivos y punto.
MAGDALENA - Basta, por favor !!!
MINGO - Andáte, queres, andáte y quedáte solo con tu desarraigo, ojalá te sirva todo el oro que tenes para comprar algo mas valioso que aquellas tardes de pesca en el puente roto, o aquellas vueltas olímpicas con olorcito a hojas secas recién quemadas... o aquella cancha de paleta que nos derretía en cada primavera... Andáte, Gordo, y disculpa si te incomodo volver a verme...
HIJO - (reingresando) Que pasa, viejo. Algún problema?
MINGO - No,nada, Carlos, saludá al señor que ya se esta retirando.
HIJO - Pero cómo? Tan Pronto? No va a quedarse a comer? Mire que la Zurda, la vecina de al lado hace unas empanadas que...
GORDO - No, pibe ,no me vas a querer creer, pero tengo una reunión de directorio.
FIN DEL SEGUNDO ACTO
ACTO III
MINGO - Y acá estamos, Magdalena, lejos del pueblo, sin plata y sin mas afecto que el de los pibes. Pero a pesar de los golpes, todavía con ganas de volver al pago. Si parece mentira. Después de haber soñado tantas veces con cautivar las luces del centro.
MAGDALENA - A varios siglos de aquella infancia de ilusiones simples, de preguntas raras, de angustias compartidas.
MINGO - (abrazándola) Y cada vez sintiéndome mas culpable de haberte arrastrado hasta acá, Magdalena, quitándote a vos también el alma a pellizcones. Alejándote de la barra de amigas, de los bailes de campo, del aroma de las calles recién regadas, de... (musica)
MAGDALENA - No, Mingo, no. No es cierto que nos hayamos despojado del alma. Los que se van de su lugar de origen cambian de cielo, pero no de alma. La mía esta conmigo, acá y allá, repartida, y vive en cada recuerdo grato que hoy me vino a la mente. Está en esos largos viajes con la estanciera de mi viejo a los bailes de Copacabana, en su techo de arpillera, en los carnavales de los farolitos, en cada siesta adolescente en que me asomaba a la puerta para ver la "pasadita" que me hacías ya de mocoso. Está en los primeros porrazos en la bicicleta de mi abuelo, entre la calle de tierra del boliche de Cifaldi lleno de sulkys embarrados y la esquina de Boretti, donde supe lo que era comprar mi primer vestido...
MINGO - Es que el recuerdo de la gente del pueblo, de los lugares, de los distintos perfumes, y de los chicos reos me esta haciendo mal. Es jodido estar vegetando acá, donde uno pasa horas y horas arrastrando el carrito de la miseria, subiendo y bajando callejones.
MAGDALENA - Pero ya va a pasar, Mingo, vas ver que va a pasar. Los que perdieron el alma son ellos los que olvidan su origen...
(DE REPENTE INGRESA EL HIJO BASTANTE AGITADO CON UN SOBRE EN LA MANO)
HIJO - Viejo, viejo !!! Mirá!!! Vino un alcahuete del Gordo y te dejo esto. Abrilo.
PADRE - Y que quiere ahora ese tarado, disculparse? Gordo ingrato. No. Yo lo tiro a la miércoles.
MAGDALENA - Dale Mingo, abrilo y dejáte de joder...
(tironeos varios)
MINGO - Ma si, a ver con que se aparece ahora ... (lo abre) Dos pasajes a Bigand !!! y plata. Y una tarjeta de cumpleaños !!!
(grita eufórico)
Vieron que el Gordo no era tan malo, después de todo...
MAGDALENA - Bueno. Se porto tu amigo. ¿No?.
MINGO - Amigos, esos son amigos!!! A ver si encuentro lo que había escrito yo una vez, en la pensión, cuando llegamos a la ciudad con todas las ilusiones intactas... Porque yo también alguna vez supe escribir alguna que otra pavada...
(rebusca en una caja de zapatos llena de papeles)
El verdadero amigo esta en el brillo de un sol dominguero en la plaza del pueblo, esta en el diapasón de una tosca guitarra que desafina versos tras cada primavera. El verdadero amigo existe en el contorno elíptico de plateada mojarra bajo el viejo puente de las esperanzas, donde solo apoyan las canillas chuecas de una infancia pobre. Está en el pucho compartido y en esos trece años que giran por los aires como una tacuarita de vuelo distendido. Se encuentran los amigos en cada madrugada de la loca bohemia, ante lo impredecible que se puede hallar tras el portón tramposo de un tugurio bailable, en el trago exagerado y un poco vergonzante que riega con sus vahos cada real conjunción de asado y ensalada. Los amigos encallan en ese mate amargo que nos quema los labios, en el pícaro pase que lo dejo pagando a aquel marcador de punta rubio, grandote, con cara de asesino que alguna vez te marco los tapones a la altura del muslo, te acordás? Están en el perfume grasiento de una buena fritanga de tortas sedientas de lluvia vespertina. Están en ese gesto que a fuerza de paciencia supo acomodarnos los cables cada vez que la minita de al lado nos dejaba de sena en la puerta del cine... Y en aquellas flacas bicicletas que devoraban barro por las calles de tierra, y en las aborrecidas guardias de insulsas madrugadas, donde sólo un amigo te acomoda el capote cuando te estas durmiendo. Y pensar que hay salames que saben irse al mazo a la hora de hablar de tu tema y mi tema, bravo amigo del alma. Yo los dejo, me callo. Sus propias experiencias han de haberlos marcado con resentidas mañas y no debo ser quien para poder juzgarlos. Pero cuando me abro al sereno cielo tachonado de estrellas de una noche en el campo, recreo a la distancia estampas queridas de chicle bazooka, de sincero aguante y de gomera al cuello, porque - como bien dijo alguna vez un catalán que conozco - "Dios y mi canto, saben a quien nombro tanto."
MAGDALENA - Cuanta razón tienen ustedes, los bohemios... Pero... Que le habrá pasado al Gordo... Semejante cambio de actitud...
MINGO - Creo entenderlo. El hombre debe tener algún recuerdo que no pudo asumir, algún desengaño, que se yo. Una novia que no le dio bolilla... O el recuerdo de sus viejos a los que no vio morir. No se... Pero yo sabia que el Gordo no me iba a fallar. Siempre fue de fierro, ¡¡Carajo!!. Siempre la apechugo y se merece todo lo que tiene. Por bueno, y por ser de Bigand, ¡¡¡Que tanto!!! (levanta una copa de sidra)
MAGDALENA - Ya lo creo...
MINGO - Y ahora, gracias a el volveré a meterme entre la gente conocida que deje cuando el pueblo era así de chiquito. Todos van a volver ese día para decirme presente. Como si lo estuviera viendo: Me van a invitar a comer. me van a presentar a sus esposas. Algunos -los que estudiaron- van a enseñarme sus diplomas e inflando el pecho van a presentarme con orgullo ante sus hijos diciendo "este es El Mingo, el que vive en Buenos Aires". Y yo, como quien no quiere la cosa, voy a decirles que Maradona no es tan gordo como parece. O que con el Presidente tomamos café sin azúcar, para cuidar la línea. Que no hay nada mejor que un buen desayuno en La Biela antes de comenzar las actividades... Que el Alto Palermo es...
MAGDALENA - Mingo ...(retandolo)
MINGO - ¡¡Y que!! Mis amigos me van a creer, ¡después de todo!. Para eso son mis amigos, ¡¡que joder!! (y se va saltando. Mezclando risas con llanto se retira por la puerta)
HIJO - Nunca lo vi tan contento al viejo. Ahora si mi viejo vuelve a ser ¡¡EL MINGO!!
MAGDALENA - (dirigiéndose al hijo) Es un milagro, Carlitos. Pero a mi no me podes mentir. Acordáte que soy tu madre.
HIJO - ¿Por que?
MAGDALENA - Contame la verdad. ¿Quien te dio los pasajes?
HIJO - (abrazando fuerte a la madre) Nadie, vieja. (remate final. sentido y claro) Vendí la bicicleta.
FIN



