Tuesday, March 14, 2006

ACTO II

MINGO - Y allá iba este pibe, gordo, con su fantasía a cuestas; preguntando cosas que incomodaban y pretendiendo encontrar un significado a aquellas simples palabras de la abuela...

GORDO - "Es el momento de dejar el nido", repetías para tus adentros y yirabas por la vida cuestionando, siempre cuestionando...

MINGO - Así anduve por la plaza San Martín, por los viejos bancos torturados de la 215, peleando con Domingo Di Rino por el dichoso Boca y caminando despacio por entre aquellos santos de la iglesia, y hasta me parece ver al padre Fernández enseñándome el catecismo. Adecentándome un poco...

GORDO - (interrumpiendo) Porque vos desde chico eras bastante rebelde, a Dios Gracias...Te acordas cuando jugábamos en el campito?

MINGO - Me acuerdo que éramos siete u ocho de cada lado y nos importaba un pito lo que pasaba detrás del arco, allá nomás, cruzando la calle; como quien mira al centro del pueblo, donde había un maizal chiquito, como de una hectárea mas o menos.

GORDO - El maizal del vasco Nieto. MINGO - Don Tomas, que tenia un caballo. Margarito creo que se llamaba.

HIJO - (interrumpiendo) Se divertían barato, viejo, eh.

MINGO - Pero nos divertíamos, che, y no jodíamos a nadie, che.

GORDO - Bueno, Mingo, para, que mas de una vez llegamos con algún manojo de choclos bajo el brazo. Algún que otro camote...

MINGO - Travesuras de chico, que le dicen...

(hijo) - Si, claro... Eran todos santitos.

GORDO - Que vamos a ser santitos, nene, si había cada uno... Te acordas del Toton, del Chavo, de Turi, de Largo, del Pili y tantos otros...

MINGO - Con esa barra, y en ese campito descubrimos lo que eran los cuentos verdes...

GORDO - Que algunos ahora saldrían en la tapa de catecismo.

HIJO - Por supuesto (irónicamente) Y después iban a la escuela religiosamente. Nada de hacerse la rata. No?.

GORDO - Callate, pibe, que sabes vos de hacerse la rabona, nadie se piantaba del aula. Pero que podes saber de los retos de la señora de Piazza, que... MINGO - (interrumpiendo) Que directora... que rectitud... Ojalá ahora tuvieran la disciplina de antes...

GORDO - Y los barriletes, Mingo? Contále a este de los barriletes en el campito.

MINGO - Los primeros vientos fuertes de agosto hacían que el cielo de la canchita se llene de barriletes de todos los colores habidos y por haber, de Boca, de River, de Independiente...

GORDO - De Sporting...

MINGO - Dije del otro rojo, del de Avellaneda, gilún, no ves que con vos no se puede (risas).

GORDO - Bueno, está bien.

MINGO - Esos barriletes, una vez me costaron hasta un reto del Chiche Ballesteros, cuando era comisario, que para un pibe de siete u ocho años significaba poco menos que la cárcel. Y claro, se enredaban en los cables, que joder. Dejar todo eso para que, gordo, para nada.

GORDO - Como que nada ,Mingo querido, tenés un par de pibes buenos, tenés a la Magdalena ,que todavía te aguanta, sos joven...

MINGO - Y de que me sirve, gordo, si lo único que logre hasta ahora fue pasear lentamente mi bronca como aquellas broncas infantiles que surgían en las siestas por debajo de los plátanos de Brown y Rivadavia... y hasta creo que fue ahí en donde comencé a irme, lentamente, con un alma que luchaba ante lo inevitable: el tener que abandonar su propio cuerpo.

GORDO - Después descubriríamos que el alma se quedaba allí, entre las mandarinas del patio de la casa vieja, entre el aroma de camotes asados de la tardecita, entre las matinees del cine, con Segon vigilando que no se colara ningún atorrante...

MAGDALENA - A propósito del cine... Vos Gordo, en un tiempo escribiste algo sobre el San Martin, no?

MINGO - Si, dale, rebuscá entre los papeles viejos esos que trajiste...

GORDO - Es que me da vergüenza recitarlo en publico. Yo se escribir, Mingo, pero leer, la verdad que...

MINGO - Dame para acá. Y vos (al hijo) escucha lo bien que escribe el gordo.

GORDO - Escribía, Mingo, escribía.

MINGO - Sabés una cosa?. Hace ya un tiempo medio grosso que paso por delante tuyo y de repente me sale un gesto instintivo que es casi una convulsión. Gira mi cabeza hacia la vereda de enfrente y evado la respuesta cuando alguno de mis chicos me pregunta sobre vos, sobre tus días de gloria y del por que todavía te mantenés erguido, grandote, ampuloso, como ofreciendo tu porte antediluviano a quien restaure las heridas que todos te causamos. Los años, la gente, nosotros, los que cada jueves, sábado o domingo por la tarde nos arrimábamos a vos con cierto dejo de romanticismo para permitirte oficiar ese rol que tan bien interpretabas y que cuando las luces dejaban de ser brillantes te transformabas en una especie de médium entre la platea y el espíritu de Bogart, por ejemplo. Y así en tus fauces abiertas se ganaron guerras, se perdieron duelos entre las calles polvorientas de un oeste solamente conocido gracias a tu particular modo de mostrar las cosas.

Quien puede negar que a tu manera ejerciste el tipo de docencia que el pueblo necesitaba. Vos, mi querido cine San Martin, que bien pudiste llamarte Palace, Rex ,Monumental, Plaza, Lumiere, Roxi, que importan los apodos. Fue entre tus butacas marrones donde aprendí de chico a asociar la selva inexpugnable del tarzán de los monos con aquellos verdes cañaverales que subían altos y desparejos por los cielos al costado de la calle de Rivero, como le llamábamos Y sufrí también con el Santo de la Espada, viendo como su costado humano superaba al bronce refulgente que nos lego la escuela, y con la barra de atorrante piberío del pueblo conocimos las delicias de una matinee dominguera con olorcito a trampa, cuando llegaba la mano implacable del censor de turno metiendo la tijera en el momento justo. Y así giraron como en calesita la gorda exagerada de Fellini, la jeta de Travolta, el revolver de Ringo y hasta el padre de Michel Douglas meneaba su figura longilinea en el blanco trapo de tu pantalla enorme donde también supo bañar sus curvas la Coca Sarli, mientras un chacal medio chiflado casi lo mato a De Gaulle ante los exorbitados ojos de Sandrini. Y volaban como moscas aquellos bollitos de papel ruidoso que envolvían por un rato la dura pila de caramelos media hora que dormían en el bolsillo del saco, y alguna cachetada atronaba el ambiente mientras un repentino encendido del uces nos dejaba en orsay con la mano derecha a mitad de camino entre butaca y novia. Se pueden escribir volúmenes sobre vos, cine del pueblo. Puedo quedarme corto a la hora de volcar lagrimones y lamentos sobre el blanco papel que convoca al recuerdo. Pero no. Quiero que sigan desfilando en mi retina las últimas imágenes que tu pantalla inmaculada dejo grabadas en mis adentros. El progreso se va llevando todo ,es cierto, pero no es menos cierto que tampoco tiene la capacidad necesaria para robarnos la nostalgia. Si estaré jodido que ya ni me acuerdo como empezó todo esto, viejo. Ah si, te contaba que esta tarde pase frente a vos, que a Dios gracias te venís salvando de la piqueta. Que pasé a la tardecita con mis hijos y que como buen bohemio me decidí a entrar, sentarme en tus viejas butacas de madera dura y treparme por aquellos treinta y dos escalones de pinotea hasta alcanzar el rinconcito del palco donde Chupete, otro de los infaltables personajes que rodaron con vos, viejo cine de mi pueblo chico, apoyaba su linterna apuntando hacia abajo. Desistí de hacerlo al percibir que me estaba poniendo demasiado viejo, demasiado lacrimógeno.

HIJO/MAGDALENA - (APLAUSOS)

HIJO - Y cómo sigue la historia, papá?

MINGO – Y... dicen que me fui nomás. Sin vislumbrar siquiera que tanta agua corrida entre los mares del fracaso me haría recalar en esta villa, mientras las moscas zumban en mis oídos alimentando la bronca. Bronca por la lejanía, por la desazón, bronca por el desaliento de querer volver y no animarme...

MAGDALENA - (enérgicamente) Tranquilizáte, Mingo, es tu cumpleaños, después de todo no?

HIJO - (para calmarlo al padre) Y tiene algo más escrito, don...?

GORDO - Gordo, llamáme Gordo, pibe, hace tanto que nadie me llama así... (rebusca entre los papeles del attache y le pasa uno a su amigo)

MINGO - Yo también escribía, che, escuchá:

(emocionado, lee con voz entrecortada) " El dia en que lo trajeron a casa..., Quería un perro, lo necesitaba... Mi viejo lo dejo silenciosamente en la puerta... el bar "el Tio"... el Pelusa... mi perrito...

MAGDALENA - Pará, Mingo, pará que te hace mal!!!!

GORDO - Dejálo, dejálo... Estoy volviendo a vivir, Mingo, creéme. Mi casa, el campito, mi único perro...

MINGO - Ahora te toca a vos, vieja, como en la secundaria, pasá al frente y hace de cuenta que tenés allí nomás al ingeniero...

MAGDALENA - (pensativa) Ah... Si le hubiésemos hecho caso al ingeniero no estaríamos acá, dando lástima.

GORDO - La secundaria... creo que por ahí debe haber un poema acerca de ella...

MINGO - Mira vos. También eras poeta, Gordo.

HIJO - Antes de aburguesarse (de buena onda)

MAGDALENA - (enojada,dirigiendose al hijo) Andáte, mal educado!!.

GORDO - No, dejálo. A lo mejor el chico tiene razón. Dale leéte algo, Magdalena.

HIJO - Está bien, me voy nada mas que porque tengo una pedaleada (lento retiro)

MAGDALENA - ... esa secundaria de contagiosa risa y estudio recortado que capturó de pronto un rabo de inocencia y diplomó de piola nuestro ingreso al tercero de los adolescentes...

MINGO - Y vos? cuando pensás volver al pueblo, gordo? Porque vos sí (con énfasis el si) podés entrar como un triunfador, con la frente alta. Sos un ganador, andá vos, que podés. A esta altura debés ser el orgullo de la gente del pueblo. Andá y después contáme como esta todo aquello que dejamos.

GORDO - (terminante) No, Mingo. Yo ya no estoy para esas cosas. Faltan mis viejos, ya nada me ata al pueblo. Mi vida pasa ahora por los negocios, la familia, la empresa, por mi esposa, que ni siquiera sabe ni le interesa donde miércoles queda Bigand, además los chicos se aburrirían... entendéme, Mingo...

MINGO - Que es lo que querés que entienda? Que te importa un pito eso del desarraigo?. Que te pasas por el forro aquello que prometimos cuando nos tiramos del tren, eso de volver con los bolsillos llenos?. Eso querés?. Querés que te felicite ahora?

GORDO - No quiero ser jodido. Pero quiero que me entiendas. Ninguno de los dos somos los mismos. Vos tendrás tus cosas y yo las mías. Además en el ámbito de las empresas donde me muevo sería todo un desastre decirles a esos tipos que un gringo del campo les pasa por encima... Que querés que te diga. Los recuerdos son lindos, pero a la hora de los bifes...

MINGO - Para mi sería un orgullo refregarle por la jeta a esos cagatintas que vos decís, que nací en Bigand, si, que soy del campo, que aunque algunos imbéciles mataron el ferrocarril me permití jugar a la escondida en los vagones estacionados, y trote entre los eucaliptus a la hora de la siesta, y les tire miles de gomerazos a las palomas de la usina vieja. Andá y hablales del puente de la vía, contáles de cuando juntabas piedras de mica para adornar las macetas de tu vieja; que fregaba y fregaba todo el santo día ropas ajenas para matarte el hambre.

GORDO - No te pongas así, Mingo.

MINGO - Y como querés que me ponga si ni siquiera les hablaste de Giusseppe, miralo, allí esta, es como si lo estuviera viendo...

MINGO - Y esa vez fue Giusseppe, y otra vez Musinga y Cutique, y el Negro Pérez y... hasta Bandeja...

MAGDALENA - Los atorrantes del pueblo...

MINGO - Todos, hasta ellos, sin saberlo tuvieron algo para enseñarnos. Andá, contáselo a tu gente, si es que tenés ganas, claro.

MAGDALENA - Disculpá que me meta, Mingo, pero aflójenle, esto iba a ser una fiesta. TU fiesta. Vamos muchachos, acuérdense de esto:(leyendo) de las fiestas patrias en el pueblo, por ejemplo, cuando La escarcha todavía se mantenida a pesar del sol del veinticinco, que iba desperezándose entre las ramas, cuando las descubiertas rodillas de las chicas de quinto se destacaban moradas bajo el guardapolvo almidonado.

MINGO - Nosotros, los varones a veces estrenábamos zapatos, pero en la mayoría de las veces solamente nos daba el cuero para pasarle un poco de betún.

MAGDALENA - (leyendo) Lo cierto es que el brillo que no se lograba durante el resto del año se veía en aquella plaza San Martín poblada tan solo por un rato, donde Edelmiro, el locutor, anunciaba el Himno y este aparecía chillón por ese par de bocinas eternas.

GORDO - (demostrando que él tampoco olvida la simpleza del pueblo) Esas mismas bocinas que también estaban en La Capilla, en las fiestas de San Antonio, a lo largo de tantos años, donde la procesión en honor al santo daba paso a los festejos con juegos para niños, los fuegos artificiales y la tómbola. La gente del pueblo iba en auto, camión o chatas.

MINGO - Algunos hacían larga cantidad de kilómetros tiritando de frío en el asiento de un sulky; mientras que otros, llegaban a la fiesta en bicicleta; como mi abuelo. (PAUSA Y ENOJO) No te entiendo, Gordo, juro que no te entiendo!

Primero lo escribís, decís que volvés a vivir, te emocionás, nos emocionás hasta las lagrimas y después te avergonzás de todo eso...

GORDO - No quiero que me entiendas, pero tampoco que me odies, tengo mis motivos y punto.

MAGDALENA - Basta, por favor !!!

MINGO - Andáte, queres, andáte y quedáte solo con tu desarraigo, ojalá te sirva todo el oro que tenes para comprar algo mas valioso que aquellas tardes de pesca en el puente roto, o aquellas vueltas olímpicas con olorcito a hojas secas recién quemadas... o aquella cancha de paleta que nos derretía en cada primavera... Andáte, Gordo, y disculpa si te incomodo volver a verme...

HIJO - (reingresando) Que pasa, viejo. Algún problema?

MINGO - No,nada, Carlos, saludá al señor que ya se esta retirando.

HIJO - Pero cómo? Tan Pronto? No va a quedarse a comer? Mire que la Zurda, la vecina de al lado hace unas empanadas que...

GORDO - No, pibe ,no me vas a querer creer, pero tengo una reunión de directorio.


FIN DEL SEGUNDO ACTO

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